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martes, 20 de noviembre de 2018

EL ENSAYO ILUSTRADO

Yo vi no pocos, al asomar el Eclipse, meterse más tímidos en sus aposentos que los conejos en sus madrigueras. Y no sé si perdieron algo de su supersticioso miedo, viendo que a mí no me había sucedido algún daño, aunque, mientras duró el Eclipse, de propósito me estuve paseando a Cielo descubierto. De modo, que la experiencia está muy lejos de autorizar ese miedo; y la razón evidentemente le convence de vano. Porque no siendo otra cosa el Eclipse de Luna, que la falta de su luz refleja por la interposición de la tierra; y el de Sol la falta de la suya, por la interposición de la Luna; pregunto: ¿qué daño puede hacer el que falte por un breve rato, ni de noche la luz de la Luna, ni de día la del Sol? ¿No falta una, y otra luz por una nube interpuesta, y aún más dilatado tiempo, sin que por eso se siga daño perceptible, ni en la tierra, ni en los animales, ni en las plantas? ¿Qué más tendrá faltarme la luz del Sol, porque la Luna me la estorba, que faltarme porque el techo de mi domicilio donde estoy recogido me la impide? La calidad, o naturaleza del cuerpo interpuesto, no hace al caso: porque que el techo de mi aposento sea de esta madera, o de la otra, que esté cubierto de plomo, o de pizarra, o de teja, no puede hacer que la falta de luz, ocasionada de este estorbo, sea más, o menos nociva.
Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal.

Carta LXXII Gazel a Ben-Beley

Hoy he asistido por mañana y tarde a una diversión propiamente nacional de los españoles, que es lo que ellos llaman fiesta o corrida de toros. Ha sido este día asunto de tanta especulación para mí, y tanto el tropel de ideas que me asaltaron a un tiempo, que no sé por cuál empezar a hacerte la relación de ellas. Nuño aumenta más mi confusión sobre este particular, asegurándome que no hay un autor extranjero que hable de este espectáculo, que no llame bárbara a la nación que aún se complace en asistir a él. Cuando esté mi mente más en su equilibrio, sin la agitación que ahora experimento, te escribiré largamente sobre este asunto; sólo te diré que ya no me parecen extrañas las mortandades que sus historias dicen de abuelos nuestros en la batalla de Clavijo, Salado, Navas y otras, si las excitaron hombres ajenos de todo el lujo moderno, austeros en sus costumbres, y que pagan dinero por ver derramar sangre, teniendo esto por diversión dignísima de los primeros nobles. Esta especie de barbaridad los hacía sin duda feroces, pues desde niños se divertían con lo que suelen causar desmayos a hombres de mucho valor la primera vez que asisten a este espectáculo.
José Cadalso, Cartas marruecas.


La lucha de toros no ha sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida. En muchas provincias no se conoció jamás; en otras se circunscribió a las capitales, y dondequiera que fueron celebrados lo fue solamente a largos periodos y concurriendo a verla el pueblo de las capitales y tal cual aldea circunvecina. Se puede, por tanto, calcular que de todo el pueblo de España, apenas la centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo. ¿Cómo, pues, se ha pretendido darle el título de diversión nacional?
Pero si tal quiere llamarse porque se conoce entre nosotros desde muy antiguo, porque siempre se ha concurrido a ella y celebrado con gran aplauso, porque ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa, ¿quién podrá negar esta gloria a los españoles que la apetezcan? Sin embargo, creer que el arrojo y destreza de una docena de hombres, criados desde su niñez en este oficio, familiarizados con sus riesgos y que al cabo perecen o salen "estropeados" de él, se puede presentar a la misma Europa como un argumento de valor español, es un absurdo. Y sostener que en la proscripción de estas fiestas, que por otra parte puede producir grandes bienes políticos, existe el riesgo de que la nación sufra alguna pérdida real, ni en el orden moral ni en el civil, es ciertamente una ilusión, un delirio de la preocupación. Es, pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo y que, cuando acabe de perfeccionar tan saludable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios.
Gaspar Melchor de Jovellanos, Memoria sobre las diversiones públicas.

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