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martes, 13 de diciembre de 2016

LECTURA SEGUNDA EVALUACIÓN: LA CASA DE BERNARDA ALBA

La casa de Bernarda Alba, escrita por Federico García Lorca en 1936 poco antes de su muerte, está considerada la obra maestra de su trayectoria dramática. Lorca, al igual que sus compañeros de la Generación del 27, cree que el teatro debe servir para elevar la sensibilidad del pueblo y en la fuerza del poeta para transformar la realidad con la palabra, por eso en su producción teatral hay mucha poesía y mucho simbolismo.
Durante los años treinta, su deseo de experimentación lo conduce por dos caminos distintos: el teatro vanguardista, próximo al Surrealismo, y el teatro que aprovecha moldes dramáticos que aseguran su representación en los escenarios españoles. En las tragedias de tema social, donde se sitúa la obra, Lorca aprovecha el modelo del teatro rural modernista de Marquina y algunos elementos del drama rural de Benavente pero renovando ambos.
El tema dominante en su teatro está muy presente también en su poesía: el enfrentamiento entre el individuo, cuyas armas son el deseo, el amor y la libertad, y la autoridad, es decir, el orden, el sometimiento a la tradición, a las convenciones sociales y colectivas. Hay una mayoría de protagonistas femeninas en sus obras; sobre ellas se cierne, en mayor medida que en los hombres, la amenaza de la frustración. La casa de Bernarda Alba lleva como subtítulo "Drama de las mujeres en los pueblos de España" y es eso, un drama rural, en el que Pepe el Romano, el hombre jamás presente en la escena, será el catalizador de una tragedia que termina con más muerte y más encierro. La madre, Bernarda Alba, encarna un instinto de poder, tan ciego como el instinto sexual al que se opone, tiene como misión reprimir al mundo femenino que vive en su casa.
Llama la atención la simplicidad aparente de la obra y su enorme complejidad temática. Ese mundo femenino, cerrado, en el que domina el silencio, en el que se perciben las murmuraciones de la aldea que ahogan a las hijas de Bernarda, forzadas a vivir en un mundo de negro hasta que la tradición, (o la voluntad de Bernarda) decidan que ya se puede volver a vivir, que se ha terminado el luto. A la rigidez moral de este mundo sólo se puede escapar mediante un desafío a la norma que conduce a Adela inexorablemente a la muerte, mil veces preferible para ella que una vida sin pasión.
Impresionan en esta obra la rigidez con que Bernarda Alba avasalla a sus hijas, a quienes les niega la libertad y el ejercicio de su sexualidad.
Al lector-espectador actual le sorprende la sumisión de Angustias, la hija mayor, que, además de tener 39 años, es la única solvente económicamente. Prometida a Pepe el Romano, tenía con él -o sin él- las puertas abiertas; pero en la única conversación como hija que tiene con Bernarda deja entrever que su mundo tiene una frontera para ella infranqueable que se ha hecho a base de sumisión; pájaro enjaulado que prefiere esa suerte a la de volar.
Adela, la hija menor, ocupa el punto extremo; fácilmente se toma partido por su rebeldía: se pone el vestido verde durante el luto riguroso que ensombrece más aún los perfiles psicológicos y las conductas de las habitantes de un mundo claustrofóbico. Adela, además de ser la más joven, tampoco dudará de enfrentarse a su madre, arrebatándole el bastón de mando y partiéndolo en dos, cuando se dirigía furiosa hacia ella al enterarse de los amoríos de su hija.
Martirio es la verdadera antagonista de Adela: es capaz de dar voces y alertar de la presencia de Pepe en el establo, de mentir sobre la muerte del objeto amoroso de las hermanas y precipitar con ello a Adela al suicidio.
Moral tradicional contra moral moderna, principio de autoridad frente a principio de libertad, ésa parece ser la dicotomía que vertebra la obra. A la primera pertenecen Bernarda, Poncia -criada que a pesar de oponerse a Bernarda, defiende la honra de su casa como suya propia-, Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio. A la segunda, paradójicamente, María Josefa, la enajenada madre de Bernarda, que como un oráculo canta las verdades que sólo su igual, Adela, no calla.
Edición digital La casa de Bernarda Alba

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